Hay tradiciones que sobreviven porque alguien decide no dejarlas caer.
En una época en la que muchos jóvenes pasan su tiempo libre delante de una pantalla, Unai Romairone espera con impaciencia el momento de empuñar un hacha. Tiene solo 17 años, pero habla de disciplina, sacrificio y respeto por el monte con una naturalidad impropia de su edad. Quizá porque ha crecido viendo cómo esa forma de entender la vida ya existía mucho antes que él.
Todo comenzó siguiendo los pasos de su padre, Emilio. Mientras otros niños descubrían nuevos deportes en un polideportivo, él observaba cómo un tronco podía convertirse en un rival y cómo un hacha era mucho más que una herramienta. Aquella curiosidad infantil acabó transformándose en una pasión que hoy ocupa buena parte de su tiempo.
Sin embargo, quien piense que la corta de troncos consiste únicamente en descargar fuerza sobre la madera está muy lejos de la realidad.
«La gente solo ve los golpes, pero detrás hay muchísimo trabajo», explica.
Y ese trabajo empieza mucho antes de que el público ocupe su sitio. Preparar la madera, transportarla, entrenar la técnica, fortalecer el cuerpo y, sobre todo, aprender a dominar la cabeza. Porque en este deporte, asegura, la fuerza sirve de poco si la mente no acompaña.
Cada entrenamiento tiene un propósito. Unai intenta exigirse siempre un poco más de lo que encontrará en competición. Si durante la prueba aparece un imprevisto, quiere haberlo vivido antes. Esa forma de entrenar refleja una madurez sorprendente para alguien que todavía no ha alcanzado la mayoría de edad.
Como cualquier deportista, también ha conocido el lado más duro de la competición. El pasado año una lesión le obligó a detenerse. No fue una experiencia agradable, pero tampoco permitió que marcara su camino. Hoy, cuando recuerda sus mejores momentos, no habla de trofeos ni de clasificaciones. Lo primero que le viene a la cabeza son las horas de entrenamiento, los días en los que nadie mira y el esfuerzo silencioso que sostiene cada competición.
Esa manera de entender el deporte explica también la relación que mantiene con la Fiesta de los Gabarreros.
Parte de la historia
Aunque nunca vivió el oficio como lo conocieron sus abuelos, siente que forma parte de una historia mucho más grande que una simple exhibición.
«Que me consideren parte de esta tradición me hace sentir orgulloso.»
Ese orgullo convive con una preocupación.
Unai reconoce que cada vez son menos los jóvenes que se acercan a la corta de troncos. Y sabe que ninguna tradición puede sobrevivir si no encuentra quien recoja el testigo.
«Si no vienen más chavales, esto poco a poco se irá perdiendo.»
Sus palabras invitan a una reflexión que va mucho más allá del deporte. Porque hablar de los gabarreros no es únicamente recordar un oficio desaparecido. Es hablar del monte, de la cultura serrana, de una forma de entender el esfuerzo y de la identidad de un pueblo que aprendió a vivir gracias a los recursos de sus pinares.
Quizá por eso hay un momento que impone incluso más que cualquier campeonato.
Cuando llega la Fiesta de los Gabarreros y miles de personas observan cada golpe de hacha, los nervios aparecen de otra manera.
En una competición se lucha por ganar. En la fiesta, en cambio, se siente la responsabilidad de representar a quienes hicieron posible esta historia. Ya no se trata únicamente de cortar un tronco. Se trata de estar a la altura de una tradición.
Mientras habla, resulta inevitable pensar que ese es precisamente el verdadero relevo generacional que necesita la fiesta. No consiste solo en que haya jóvenes capaces de blandir un hacha. Consiste en encontrar personas que comprendan lo que significa hacerlo.
El ascenso
El próximo 15 de agosto, Unai afrontará un nuevo desafío: competir por el ascenso a Segunda Categoría. Un paso importante dentro de un deporte tan exigente como desconocido para gran parte del público. Él, sin embargo, ya mira un poco más lejos. Sueña con llegar algún día a Primera Categoría.
Pero si algo deja claro durante la conversación es que el verdadero éxito no llegará con una medalla.
Llegará el día en que otros niños, al verlo cortar sobre un escenario, sientan la misma curiosidad que él sintió observando a su padre hace unos años.
Porque las tradiciones no sobreviven por casualidad.
Sobreviven porque alguien decide levantar el hacha una vez más.
Puedes ver el vídeo de la entrevista completa pinchando en la siguiente imagen.



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